Totalmente circunstancial, esta conexión es percibida en términos netamente coyunturales, gobernados por un sistema que se encarga de domesticar a sus súbditos, profiriéndoles como máxima, la medición de las relaciones a partir del uso inmediato para el beneficio propio. La hipocresía maneja los hilos en una sociedad fragmentada en su masividad. Incluso se ha preocupado por despedazar las barreras del tiempo y el espacio, banalizando aún más las ligazones entabladas.
El hombre masa se ríe del afecto real, generado más allá de las exigencias inminentes. Lo señala con su dedo y lo condena al fracaso inevitable; se preocupa constantemente por frustrarlo. ¿Qué más se podía esperar? Asume plenamente el legado de su doctrina aislante.
Por supuesto, el mantenimiento de las relaciones establecidas por Raciosimio se limitan a una simple demostración de interés (obviamente, continuando en la visión economicista) que cubra la dosis mínima necesaria. De nuevo, las tecnologías contribuyen a esto: tiempo y espacio ya no son obstáculos a la hora de alimentar el amiguismo.
El ser humano ajeno a la perspectiva materialista de la amistad, ha resistido estoicamente durante su existencia las trabas que esta nefasta concepción le ha impuesto; no hay que ser muy lúcidos para darse cuenta de la automatización del diálogo que ha producido. “Bien ¿y vos?” es el reflejo instintivo a una pregunta cada vez más superflua, que el hombre masa a tergiversado para su provecho como prefacio de sus intereses encubiertos.
Sólo hay que aprender a salirse del libreto.