sábado, 18 de septiembre de 2010

Martirio

En el trayecto pensé muchísimas veces en renunciar, en dejarme caer, esperar lo inevitable. Pero fui fuerte y me rehusé; el pecho me dolía y la garganta se me había secado casi por completo, reclamando agua, me daba puntadas y me aquejaba desde hacía rato.
Mis piernas no resistían: sentía como los calambres se iniciaban en mis pantorrillas y entumecían los músculos; aunque muchas veces el pinchazo empezaba a la altura de la ingle. No entendía qué estaba pasando, nunca había sufrido tanto. Tampoco sabía por qué sufría.
Afuera estaba oscuro y frío. Había más como yo, que padecían lo mismo. El aire que se respiraba era nauseabundo, tanto por la humedad y los muebles vetustos, como por lo que nos sucedía a cada uno de nosotros. Algunos empezaban a desistir, a dejarse ganar.
Éramos víctimas de una enfermedad que aquejaba a un selecto grupo, enmarcados y etiquetados de forma arbitraria por una mano impune, fatua. El peor de los cánceres nos atacaba a nosotros, que indefensos y agotados por la lucha cedíamos. Muy pocos sobrevivían.
Los enfermeros decían que la causa a nuestra afección era la agitación desmesurada, producto de un virus que se temía pandémico. Los médicos le habían delegado la función de curarnos, y ellos cumplían con un riguroso pero sencillo tratamiento.
Sin embargo, para nosotros se tornaba cada vez más evidente que todo era experimental. Nos sometían a estudios de una peste que nosotros no sufríamos, que no clasificábamos como dolencia, hasta el momento en que esas extrañas ambulancias nos cargaban como si fuéramos maniáticos, dementes. La cuarentena era sumamente estricta, nadie nos visitaba.
Finalmente me entregué a la suerte, me dejé morir. Quería deshacerme del dolor y no había mejor forma. Por fin era libre.
Lo último que alcancé a escuchar, fue la charla entre dos enfermeros: “parece que hay un nuevo brote; ahora piden por un boleto estudiantil”.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Capítulo III: Raciosimio y las rutinas

Si bien no se produce una repetición inflexible de actividades sin sentido, la vida de esta aberración creada por la mano imperialista, reitera su proceder diario en una escala más general. Sedado por la rutina de su vida e idiotizado por la reproducción mecánica de su obrar; una repetición que inicia en los lazos asimétricos que el sistema le impone y éste recibe dócilmente, y se propaga hasta en su ingesta favorita: los medios masivos.
Acostumbrándose poco a poco a su quehacer diario, el instinto lo va desbordando y la similitud con el resto de los animales, lo vuelve objeto de análisis de los etólogos mediáticos; especuladores y calculadores, los grandes propietarios ven cómo se simplifica la tarea del estudio del mercado.
El vacío, emerge en Raciosimio y lo empuja a la necesidad de transitar una vida refritada, calcada de la sociedad de los hombres masa; el sinsentido es eufemizado en cada ocupación que este ser elige. Curiosamente, lo que parece ser su motor, es el temor al vacío, pero al otro, el que sí conoce (o eso cree): el miedo a lo que ignora.
La vorágine en la que vive lo encadena cada vez más a la espiral de la rutina, engañando al aburrimiento con una oferta de elecciones banales, que se simplifican en el zapping más absurdo, condenado a la perdición, al silenciamiento y la autocensura.
El modelaje finaliza, Raciosimio ha aprendido cuál es la forma de actuar. Finalmente logra apropiarse de la vida eterna prometida por los profetas mediáticos: el presente continuo.

sábado, 24 de julio de 2010

Capítulo II: Raciosimio y la amistad

Raciosimio no comprende el vínculo de la amistad, desde el cual los individuos se relacionan perdiendo la condición de tales, conformando un lazo meramente afectivo sin finalidad puntual. No lo entiende. Para él no existe la relación desinteresada y prefiere hablar desde la perspectiva economicista, que la define como producto del contrato social: el amiguismo.
Totalmente circunstancial, esta conexión es percibida en términos netamente coyunturales, gobernados por un sistema que se encarga de domesticar a sus súbditos, profiriéndoles como máxima, la medición de las relaciones a partir del uso inmediato para el beneficio propio. La hipocresía maneja los hilos en una sociedad fragmentada en su masividad. Incluso se ha preocupado por despedazar las barreras del tiempo y el espacio, banalizando aún más las ligazones entabladas.
El hombre masa se ríe del afecto real, generado más allá de las exigencias inminentes. Lo señala con su dedo y lo condena al fracaso inevitable; se preocupa constantemente por frustrarlo. ¿Qué más se podía esperar? Asume plenamente el legado de su doctrina aislante.
Por supuesto, el mantenimiento de las relaciones establecidas por Raciosimio se limitan a una simple demostración de interés (obviamente, continuando en la visión economicista) que cubra la dosis mínima necesaria. De nuevo, las tecnologías contribuyen a esto: tiempo y espacio ya no son obstáculos a la hora de alimentar el amiguismo.
El ser humano ajeno a la perspectiva materialista de la amistad, ha resistido estoicamente durante su existencia las trabas que esta nefasta concepción le ha impuesto; no hay que ser muy lúcidos para darse cuenta de la automatización del diálogo que ha producido. “Bien ¿y vos?” es el reflejo instintivo a una pregunta cada vez más superflua, que el hombre masa a tergiversado para su provecho como prefacio de sus intereses encubiertos.
Sólo hay que aprender a salirse del libreto.

lunes, 5 de julio de 2010

Capítulo I: Raciosimio y los estereotipos

En esta época signada por el individualismo, Raciosimio insiste en homogeneizar a través de estereotipos la sociedad en la que se ve inmerso. Consume la realidad tan agobiante, detrás del vapor del café que le empaña los lentes; se ha acostumbrado tanto que ya no precisa malgastar servilletas en limpiarlos y prefiere esperar que se sequen solos.
Del otro lado, la venta no va tan mal. La rotulación ha sido disparada ante millones de retinas similares a las del Hombre Masa y lo que sigue es un simple mecanismo de reproducción exponencial, de las relaciones que defienden los mercenarios de la información.
La suerte está echada y el mundo de las grandes marcas ha logrado su objetivo, desbordándose para poder nominar hasta a la subjetividad. Sólo así podrá etiquetar las colectividades, unidas por los lábiles lazos del particularismo. “A pisar cabezas” se ha dicho.
Cree que ya ha visto suficiente, que su sensibilidad ya absorbió lo necesario, por lo que decide lavar su taza y salir al encuentro de la cruel realidad, la rutina (ineludible en la vida del ser masivo) no es capaz de proporcionarle otra salida. El desayuno le ha brindado el alimento necesario para nutrir sus emergentes recelos; el prejuicio es la piedra angular, capaz de sustentar la estigmatización escondida en las etiquetas de las poderosas firmas.
La naturaleza con la que reproduce el discurso que ha digerido, pero no masticado, parece transformarlo en un intelectual. Una palabra tras otra, comunica lo que compró; aunque hable de su familia o de lo linda que es su secretaria, el sentido hegemónico subyace en cada uno de sus términos.
Es claro que Raciosimio no advierte la despiadada metáfora que su vida le presenta día a día; lo que él no sabe, es que lo que tiene empañado es su sentido crítico. Y para eso no hay servilleta que valga.

miércoles, 23 de junio de 2010

La incondicionalidad exasperante

El descanso dominical tras una ardua semana laboral había llegado en el Edén, donde Juan y Jorge habían arribado, en diferentes momentos, tras el deceso terrenal. Como cada domingo, se sentaban a tomar el té, hábito que Juan había incorporado de Jorge quien se rehusaba a tomar mates. En este jardín, donde el tiempo no corría para ellos, fue donde se desprendieron del patronímico cuyo único rol era singularizar a los hombres; algo que fastidió inicialmente a Jorge.
Como siempre, las charlas eran un tanto pendencieras entre estos interlocutores. El disenso era ineludible y el escarnio desde las dos partes, habitual. Incluso los seudónimos eran eufemismos belicosos; Juan lo llamaba “Maestro”, y Jorge le replicaba con un frío “General”. Aun así, muchos concubinos celestiales disfrutaban sentarse con ellos y escucharlos.
—Las tiranías fomentan la estupidez, siempre lo afirmé —atacó Jorge.
—Vamos Maestro, ¿no va a seguir insistiendo con lo del despotismo? —pregunto Juan contrariado —. Me resulta paradójico que me cuestione, sabiendo que apoyó a la peor generación de genocidas.
—Ya lo dije una vez, y se lo vuelvo a repetir: Rafael salvó al país de la ignominia.
El jardín respiraba un clima tenso; sin embargo, con la intención de seguir ajenos a la conversación, todos mantuvieron la compostura ante esta atroz declaración.
—Por favor Jorge Luis —protestó Juan, en un tono un poco elevado, al momento que la multitud reunida se sobresaltaba; era la primera vez que se refería a él con tanta distancia y frialdad —. Usted sabe perfectamente que varios de los aquí presentes no estarían, sino fuera por ese miserable.
Inmediatamente, lágrimas poblaron las mejillas de varios hombres torturados y asesinados por el engendro con bigote; hombres que habían recuperado la identidad perdida al momento de llegar, y eran otra vez Carlos, Esteban, Sofía. En simultáneo, el tiempo se puso negro, y la lluvia comenzó a caer sobre varias ciudades argentinas.
—Mantenga la decencia por favor, no es necesario que levante la voz —contesto Jorge pasivamente.
Pero, la conversación ya se había tornado incómoda. Juan se encontraba muy irritado por la respuesta. Rápidamente se levantó y lo miró indignado.
—Usted ha llevado su antiperonismo al peor de los extremos; su testarudez no le permite reflexionar críticamente sobre la verdadera dictadura —dijo antes de marcharse.
—Sin embargo el General es usted —alcanzó a reprochar Jorge con sarcasmo.
Juan ya no se dio vuelta, y siguió caminando. Buscando la paz en algún otro rincón del jardín.

miércoles, 9 de junio de 2010

Prólogo o capítulo introductorio

Sumido en la más exasperante pasividad, el individuo se mantiene reclinado en el sillón mirando hacia el aparato, hacia la nada. Los ojos irritados, colorados como los de un niño en temporada estival, tras horas en la pileta, reflejan la emotividad emergente ante una nueva ola de inseguridad en el país; está cansado y la impotencia le vuelve a ganar.
Consume cada día una amplia variedad de medios, para estar informado. Lejos de mejorar, su visión parece cerrarse cada vez más; “¿Cómo no reaccionás? ¿No ves que te lo están mostrando?”, recita cual si fuera su eslogan.
Finalmente, la indignación colma su paciencia. La metamorfosis está casi completa, y fijándose la meta de cambiar el mundo, la criatura sale a transformar la realidad con las mismas herramientas que el enemigo le brinda. Pero lo que no sabe, es que su accionar contribuye a la causa: inconscientemente reproduce los vestigios que conforman su síndrome.
El hombre masa, se propaga en su ignorancia.

martes, 8 de junio de 2010

La soledad

El sentido gregario del ser humano lo ha permitido desarrollarse, vivir en un mundo mejor; pero también lo ha condenado a sufrir las más terribles variedades de soledad, la imposibilidad de pasar mucho tiempo solo sin sufrir por el aburrimiento o alguna otra complicación, que el simple hecho de estar con otro te permite olvidar.
Asimismo, se ha dado el lujo de ser de dos clases: física o mental; cada una con sus respectivos subgrupos y sus correspondientes síntomas. Por ello, este amplio espectro imposibilita el hallazgo de una solución ya sea en conjunto, o a cada categoría por separado; y para no vivir eternamente en esa situación, la vida nos cruza diariamente unos a otros, para cambiar de tema y olvidarnos aunque sea un rato.
La soledad física, obviamente, salta a la vista: el simple hecho de estar solos nos lleva, en el transcurso del tiempo, a una desesperación y una ansiedad que nos carcome por dentro; incluso acrecentados por los pensamientos que nos invaden. Algunos dirán que es bueno, pero en exceso está comprobado: es nocivo.
Por otra parte, la del tipo mental o psicológica, es a veces más traumática. Una idea u opinión personal, que no absorba el consentimiento de alguien más, no sólo nos puede ofuscar e irritar por no poder prevalecer intelectualmente (sin ser discriminador, ni autoritario), sino que también nos puede causar la más terrible humillación.
Quizás por eso Roberto Carlos quería tener un millón de amigos, ¿quién sabe? Por lo pronto, una ración justa y consistente será el salvavidas que nos liberé de la locura y su fiel aliada: la soledad.
Aplaudamos todos juntos al sentido gregario.

Ponencia de Luis A. Velasco. Héroe colombiano, que estuvo diez días a la deriva en una balsa tras naufragar su barco, y psicólogo recibido de la Universidad de Bogotá, durante un congreso en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Buenos Aires.