domingo, 20 de marzo de 2011

La potencia y el potencial

Como cada mañana, leyó el diario intermitentemente, bebiendo de a sorbos el té siempre sobrecalentado. Como no tenía tiempo, la lectura se hacía velozmente; un título tras otro, le permitía al menos, estar al tanto de los hechos más relevantes de la agenda.
Cuando terminaba –previo paso por el horóscopo del día-, cerraba con cuidado el periódico y lo doblaba prolijamente por la mitad. Era muy minuciosa y el papel arrugado le irritaba cada vez que al volver del trabajo se sentaba en el sillón estilo Voltaire y notaba que su hermano otra vez había complementado su quehacer fisiológico con alguna lectura esporádica; el diario era devuelto a la mesa ratona con considerables arrugas, cuando no desgarrado por pifiadas en el sudoku.
Después de cerciorarse de que los pliegues estuvieran bien hechos, descolgaba el gamulán del perchero, lo abotonaba hasta arriba y salía con la cartera de turno hacia su oficina. Las manos buscaban calor en los bolsillos, mientras los hombros casi parecían querer juntarse por delante de su busto. La mirada siempre iba fija, en dirección al suelo. Así caminaba cada una de las cuatro cuadras hasta la multinacional donde la esperaba su oficina.
La rutina y el estrés la carcomían tanto como el menú ejecutivo que el breve tiempo de almuerzo le permitía. Tras una pasada por el toilette, volvía a su cubículo a seguir ideando estrategias de marketing como una autómata durante cuatro o cinco horas más. Cuando por fin llegaba a casa, lo hacía apagada y sin ánimo para mucho, sólo el suficiente como para hojear una vez más el diario ya arrugado.
Cada uno de los seis días laborales, eran así de calcados en la cotidianeidad de Laura. No tenia tenía tiempo para buscar otro trabajo; al final de la cadena de su tobillera se había formado una inmensa bola de hierro, como resultado de préstamos y cuotas pendientes.
Sin embargo, su rutina recibiría un duro y silencioso revés.
La relación entre el grupo empresario y los directivos de la agencia de noticias, se venía desgastando hacía meses, pero por un acuerdo casi sectario, nunca iba más allá de las puertas donde el comité ejecutivo se reunía.

El vuelco fue inminente. Los dueños del medio periodístico organizaron su propio Proyecto Manhattan: la bomba que acuñaron fue volcada en la edición que esa noche se imprimía.
Como cada mañana leyó el diario intermitentemente, bebiendo de a sorbos el té extrañamente tibio. Como no tenía tiempo, la lectura se hacía velozmente; un título tras otro, le permitía al menos, estar al tanto de los hechos más relevantes de la agenda. Pero la tapa desorganizó su armonía. “Boreal Corporation rumbo al caos” recitaba el título de la nota que abarcaba más de media página.
Guiada por la desesperación, leyó rápidamente los primeros párrafos y tuvo que dejar los lentes sobre la mesa, para poder frotarse los ojos ya irritados.
Con la poca tranquilidad que aún le quedaba, subió los escalones uno por uno hasta la habitación que alguna vez habían ocupado sus padres y reviso cajón por cajón hasta que encontró el arma que allí escondía su hermano.
Con su mirada totalmente perdida, bajó y se dirigió al baño. Se sentó sobre el inodoro, empuñando el viejo revólver que ya ni recordaba cómo había llegado a la familia. Algunas lágrimas empezaban a mojar el papel, que curiosamente no tenía arrugas.
El sonido fue sórdido, la mano qué sostenía las hojas apretó con fuerza por última vez. Su hermano la encontró unas horas después.
“La empresa podría quebrar…” era el inicio del cuarto párrafo, que nunca alcanzó a leer, porque el desasosiego le ganó de mano. Sí lo vio su hermano, que con el mismo cuidado con el que dibujaba números del otro lado, marcó la frase presionando fuertemente la lapicera y lo llevó a la justicia.
En un principio, el diario opositor se prestó empático. Aunque de mucho no le sirvió. Al parecer la nota se habría perdido en alguna batalla mediática.

viernes, 28 de enero de 2011

Capítulo V: Raciosimio y el reciclaje de la memoria

En la filosofía escolástica, una de las potencias del alma; en la vida de la bestia el alma de las potencias.
La memoria remite al pasado, permitiendo no cometer viejos errores, pero por sobre todas las cosas, conserva y alimenta la esencia de cada uno. La selección de los recuerdos rara vez es consciente –cuanto más se esfuerza uno en acordarse algo más le cuesta-; ciertos detalles de la vida cotidiana remiten casualmente y evocan algún hecho vivido.
Sin embargo, para Raciosimio la evocación del pasado nunca es accidental; los titiriteros de las grandes corporaciones no pueden depender de actos aleatorios. La causalidad manipula el ayer –que paradójicamente tiene un lugar reservado en lo efímero del mundo mediado-, y nutre al hombre masa de nostalgia y desolación. De desesperanza. Taciturno, se entrega irreflexivo e imprudente a las garras de su creador.
El compendio de recuerdos se torna esporádico, acribillando a Raciosimio con mensajes que no alcanza a deglutir. Incluso reutilizando viejos mensajes.
De esta manera, reutilizando y reciclando, la ley de las tres erres se cumple por inercia, cuando el hombre queda intelectualmente reducido.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

No te quedes conmigo

“No te salves”.

Lo leyó una y otra vez como buscando encontrar una nueva interpretación en cada ojeada; pero Benedetti fue claro. Le dolía su egoísmo visceral en lo que se había tornado la indiferencia pueril que tanto había cargado en su adolescencia. Para peor, a él lo habían salvado; pero se había olvidado en la rutina de la comodidad.

Tirado en el sillón daba lástima. El cuello le dolía de lo mal apoyado que estaba, casi desparramado en la suavidad del rincón –hasta ese entonces tranquilo- que había reservado para él. Jamás pensó en cuestionar nada; su burbuja lo mantenía al amparo del germen del compromiso.

-Dale, levántate y dejá de joder – exigió Pablo, al tiempo que veía el pequeño libro de bolsillo del poeta uruguayo-. ¿Qué hacés leyendo eso, te las das de intelectual ahora?

Ni se preocupó por contestar, estaba perdido en su cabeza, divagando entre los pensamientos.

Se levantó y cerró el placar, decidido a cambiar la cara. Pero era difícil, algún bicho extraño lo había picado; le resultaba realmente muy difícil hallar un punto de partida a su congoja.

Caminaron un poco y se tomaron un tren a Retiro, desde donde irían a La Plata a visitar un amigo.

-Dale, ¿qué te pasa? –reprochó otra vez su amigo-, estás raro.

-¿Qué pensás de la vida vos? – escupió Francisco.

-¿Eh?

La pregunta era claramente inesperada y tomó a Pablo tan desprevenido, que en su cara se dibujó una mueca horrenda.

-¿De qué hablás?

-De… de la vida – al principio dudó un poco, pero se convenció -. Sí, de la vida, de lo que nos tocó a nosotros, de lo que otros no tienen. De nuestros caprichos inf…

Pero Pablo lo interrumpió.

-No entiendo a dónde querés llegar –más allá de no comprenderlo mucho, prosiguió-, pero creo que no se trata de lo que otros no tienen, sino de lo que uno hace para progresar y no ser un vago.

-¡Ahí está! – Francisco parecía haber encontrado un esbozo de respuesta-. ¿Por qué vagos? ¿Y nosotros no estamos siendo vagos, sin hacer nada?

-¿Nada? –su ceño se frunció severamente; se estaba irritando y perdía la paciencia- Estudiar y aspirar a seguir el legado familiar no es “nada”.

-Entonces para prosperar habría que idear la forma de crear moldes, para ahorrarnos todo el proceso educativo que para lo único que sirve es para que perdamos tiempo valioso –ironizó con gestos y muecas sobreactuadas-.

Francisco empezaba a hilar todas las conclusiones de los libros que había estado leyendo a lo largo del año, que un compañero de la facultad le había recomendado. Poco a poco Freire, Urondo, el mismo Benedetti, se abrazaban en una comunión de conclusiones, que hacía un tiempo venía masticando con la cabeza apoyada en la almohada.

-¿Y qué pretendés que hagamos? –preguntó Pablo.

-Fomentar el cambio, alentar la salida. No tiene que ser todo así porque sí.

-¿Por qué? –cuestionó nuevamente su amigo-, si así estamos bien.

Pablo parecía no notar la postal de penuria que cubría los alrededores de Retiro. A Francisco algo le dolió adentro, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

-Dejá, tenés razón –le dijo finalmente, con la voz algo quebrada, antes de bajar del tren-. Pero no te quedes conmigo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Au Revoir

Jueves 23 de septiembre de 1976:

Me levanté de la butaca y recorrí el pasillo con los ojos; mi estado de shock todavía mostraba sus secuelas. Bajé detrás del hombre de saco marrón que había estado mirándome durante todo el vuelo. Tuve la impresión de que lo conocía, pero no sabía de dónde.

Dos años delante de esa máquina de escribir me habían bastado para ganarme el rótulo de subversivo. Habíamos fundado un semanario de muy poca tirada con un amigo, dedicado a dar voz a quienes no la tenían en diarios más importantes. Una de las últimas notas, dedicaba dos páginas a las familias que empezaban a preguntar por sus hijos y hermanos desaparecidos. Tres días después un grupo de hombres destruyó toda la oficina.

No sé si fue suerte, pero yo no estuve ese día. De los que trabajaron esa fecha no supimos más. Fernando me llamó de inmediato y me advirtió de las agendas y nuestros números; tomé el primer avión a Chile y de ahí partí hacia Francia.

El aeropuerto de París era inmenso, estaba repleto de gente pero yo me sentía muy sólo. Estaba arrepentido de no haber convencido a Fernando. Sorpresivamente, una voz interrumpió mi divague.

-Comment ça va? –dijo un hombre que parecía de seguridad.

-Disculpe, no le entiendo –respondí con temor- english?

Creo que me contestó, pero no le presté atención; los músculos de su cara se habían llenado de incertidumbre con cada término que había salido de mi boca. Decidí darme vuelta y emprender camino hacia la puerta, con la vaga idea de que “taxi” resultaría un concepto más universal. ¿Cómo podía ser que no supieran nada de español? Varios argentinos habían huido del país y ahora residían en la capital francesa; ¡algo tenían que saber!

Di el primer paso y no pude seguir. El oficial me había tomado y me hablaba casi gritando, pero yo seguía sin entender. Toda la gente alrededor miraba estupefacta mientras yo intentaba explicarle mi situación; por supuesto, no nos entendimos.

Fue entonces, cuando el hombre de saco marrón se acercó. Su cara era algo extraña: tenía las cejas muy tupidas, pero lo que más resaltaba era su profunda mirada. Logró calmar al hombre, que atinó a expresar sus disculpas –según me contaría mi salvador después- y se escurrió entre la gente. Finalmente, rompió el silencio.

-¿Qué tal? –Saludó con voz algo ronca, quizás por el cigarrillo, mientras estiraba su mano para estrecharla con la mía- Julio Cortázar.

-Ja… Javier Baltasar –el balbuceo era síntoma de su presencia- Disculpe, pero no lo había reconocido, ¿qué le dijo al guardia?

Cortázar me contó que le había explicado que era amigo suyo, que estaba de visita en el país; la mentira, según dijo, me ahorraría la espera por averiguación de antecedentes y demás cuestiones burocráticas. Me había ayudado, porque en mi cara pudo reconocer el miedo cristalizado en cada facción, como resultado de la persecución.

La razón por la que estaba en el avión, se debía a un viaje que había decidido emprender tres años después de la muerte de Salvador Allende, a quien en 1970 había mostrado solidaridad con su gobierno en un periplo pasado.

Desde esa tarde, Julio –como empecé a llamarlo- me dio asilo en su hogar. Incluso me ofreció presentarme un amigo suyo que trabajaba en Le Monde, pero rechacé la propuesta; ya había hecho mucho por mí, y además quería iniciar otro proyecto.

No sé si fue por su aparición, o si realmente fue un acto de revelación mística de mi vocación, pero ni bien me mostró la habitación en la que dormiría, dejé la valija sobre la cama, apoyé la máquina de escribir sobre el viejo escritorio de roble y me lancé a mecanografiar.

Domingo 25 de marzo de 1979:

Ya pasaron dos años y medio desde aquella tarde noche en el dormitorio del segundo piso, cuando empecé a escribir mi novela, y casi tres meses que la terminé. Mi buzón es una colección de cartas de rechazo de editoriales que se niegan a publicar mi libro, por temor a las represalias.

Sinceramente, la depresión me hunde cada vez más. Julio me dijo que debía tener paciencia, que intentase editar la novela en París, pero no quiero; creo firmemente que para desestabilizar este gobierno de miserables, necesito el apoyo de una editorial argentina. Una editorial que

Extraído textual del diario personal de Javier Baltasar. El periodista, escritor y novelista falleció esa misma noche calurosa por una insuficiencia cardíaca. Los doctores afirmaron que se trató de un cuadro de estrés muy severo, que posiblemente cargaba secuelas del trauma post-exilio.

De su libro Au Revoir –como nombra en cada hoja de su cuaderno íntimo- no se halló ninguna copia, aunque por el olor a quemado, se estima que pudo haber incinerado el original debido a su psicosis depresiva.